24 de junio de 2009

Una Democracia en Formación

Siendo el vigésimo sexto Presidente de los Estados Unidos, Theodore Roosevelt se constituye en 1901 como el presidente más joven en la historia de dicho país, ostentando dicha posición con tan sólo 42 años de edad. Caracterizado por ser un hombre de fortísima personalidad y extraordinariamente activo, se diferenció de la mayoría de sus antecesores al contar con una visión ambiciosa sobre el futuro de los norteamericanos. Por ello, se suele considerar que su presidencia marca el paso de los Estados Unidos al estatus de gran potencia.

Sin embargo, más que aplaudir su carácter intervencionista y hegemonía militar, esta breve introducción quiere resaltar uno de los acontecimientos más significativos de la vida de este personaje. Mientras se preparaba para dar un discurso en Milwaukee, fue víctima de un atentado en el cual recibió un disparo en el pecho. Aún con la bala dentro de su cuerpo, habiéndole roto una costilla, Roosevelt insistió en dar su discurso antes de permitir que lo trasladaran al hospital. Y es durante este discurso que menciona una de las frases por las que será recordado:

“Una gran democracia debe progresar, o pronto dejará de ser o grande o democracia.”

Con fecha 31 de mayo de 1985, se promulga la Constitución Política de la República de Guatemala, decretando que de ahí en adelante los guatemaltecos damos la bienvenida a un sistema democrático que trae consigo variadas ventajas, las cuales, en todo caso, superan las desventajas.

Es así como nacemos ante una incertidumbre, sin conocer lo que le depara al país, confiando únicamente en que es la mejor forma de delegar en los gobernantes nuestro futuro porque es la práctica más común que se ha desarrollado en el globo. No nos brindaba ninguna certeza el convertirnos en una democracia, tan sólo nos devolvía la esperanza de un futuro más prometedor.

No obstante, es acá donde surge el punto de inflexión que vale la pena analizar:

Veinticuatro años después, ¿hemos avanzado en la dirección correcta?

Según la CEPAL, los resultados obtenidos son los siguientes:

  • La tasa de analfabetismo en personas de más de 15 años ha pasado del 47% al 25.2%
  • La esperanza de vida al nacer ha aumentado de 58.3 años a 70.2 años
  • La mortalidad infantil por cada 1,000 niños nacidos ha disminuido de 97 a sólo 29 casos
  • La tasa de desempleo mermó de un 12.1% a un 3.1%
  • El nivel de pobreza pasó de un 69.4% de la población a un 54.8%
  • El porcentaje de hogares con acceso a agua aumentó de un 59% a un 76.3%
  • El porcentaje de hogares con acceso a electricidad pasó de un 49.9% a un 81.8%
  • El porcentaje de hogares con acceso a saneamiento pasó de un 29.3% a un 40.3%
  • Y El PIB per cápita pasó de US$ 1,289.6 a US$ 1,690.4 (dólares a precios del año 2000)

Evidentemente, esta situación es prometedora y congraciante, sobre todo para aquellos que vislumbramos el desarrollo como un proceso que lleva tiempo y que necesita del esfuerzo constante de todos los participantes. Sin embargo, no debemos regodearnos en nuestros logros, creyendo que el Estado ha "funcionado" de la mejor forma.

Más bien, podría decirse que Guatemala es una Democracia en Formación, similar al adolescente que abandona la pubertad, y que, a pesar de haberse desarrollado plenamente, empieza a enfrentar los cambios internos que determinarán la forma cómo enfrentará la madurez.

Parece que estamos bien formaditos desde el punto de vista del desarrollo, pero las bases que nos sostienen, la razón de ser de las instituciones sólidas y fuertes, se encuentran totalmente ausentes.

Con 24 años de edad, nos hemos convertido en un "ente vicioso" sin principios que nos orienten, nos hemos hecho víctimas de la corrupción, el nepotismo, la impunidad, la violencia, la inseguridad y la captura del Estado. Hemos perdido el uso de nuestras facultades políticas, sacrificando nuestros dotes económicos para mantener estos vicios que nos han reducido a algo semejante a un Estado Fallido.

Si es cierto que estamos en formación, creo que ya es momento de sentar cabeza y ponernos a pensar qué es lo queremos. Ya no es momento de culpar a los que mal nos nutrieron, ya no es momento de asociar nuestro fracaso a las malas juntas y a los malos consejos, es momento de dejar todo de lado, hacer un examen de conciencia, y empezar a definir qué es lo que queremos como país.

Nuevamente, tal y como lo mencionó Theodore Roosevelt, si no nos preocupamos por desarrollar nuestra democracia, terminaremos por perderla, situación que empieza a notarse en un clima donde las relaciones comunicantes entre instituciones y ciudadanos avanzan en un camino divergente, alejándonos de un plan común de nación.

Somos una democracia relativamente joven, y es de exortar la nueva afluencia de participación ciudadana que estamos viendo, porque ante la encrucijada, la única alternativa que tenemos es empezar a cuestionarnos cuál es el destino que deseamos elegir.